Hablar en público también se entrena.

Una reflexión y algunas recomendaciones desde la experiencia sobre comunicar, disertar y construir presencia sin perder honestidad académica.

Este año brindé más de 80 disertaciones entre congresos, clases universitarias y espacios de formación. Escenarios grandes, aulas chicas, auditorios llenos, presenciales y virtuales, cámaras, micrófonos y silencios incómodos incluidos.

No lo cuento como mérito, sino como contexto. Porque después de tantas horas hablando en público, preparando clases, leyendo muchos papers, e intentar sostener la atención fragmentada de un publico hiperestimulado por las redes sociales y la vida ansiógena, entendí que comunicar también se entrena.

Si estás en ese camino, si te estás animando a exponer en público o si ya lo venís haciendo, quizás algo de esta experiencia te sirva. Reitero, estas no son recomendaciones para vos sino vivencias compartidas para que, si te sirven, puedas usarlas como inspiración.

  1. Cuidar la voz es cuidar la herramienta de trabajo

Lo primero que hice fue ir a una fonoaudióloga. No porque tuviera un problema grave, sino porque sentí que necesitaba conocer mejor mi herramienta principal. Aprender a respirar, a posicionar la voz, a calentarla, a hacerla descansar y, sobre todo, a protegerla.
Y también porque soy rosarina y me comía todas las S y me atropellaba al hablar digamos todo ajaja. Fui durante cuatro años y, sin exagerar, me cambió la vida. Hasta canté, cosa que jamás hubiera imaginado.
Hoy no subo a un escenario, no arranco una clase y tampoco paso muchas horas atendiendo sin antes hacer un calentamiento vocal. Para mí ya no es un detalle: es prevención y por ende, autocuidado.

  1. Mirarse, aunque incomode

La única manera real de saber qué estamos haciendo cuando hablamos es mirarnos.
Al principio, escucharme y analizarme fue muy difícil. Era dura conmigo, buscaba errores, rumiaba las mil maneras distintas en las que podría haber dicho tal o cual cosa, pero luego entendí que el tiempo no volvía para atrás y que si iba a mirarme era para construir a futuro no para corregir el pasado. Y con esto aprendí algo clave: mirarme con compasión. Entender que hay mejores y peores performances, días más claros y otros más torpes y trabados. Y que eso no invalida el recorrido, lo humaniza.
Mirarse no es para castigarse, es para poder mejorar.

  1. Estudiar comunicación, no solo el contenido

Además de estar constantemente en formación en mi área de expertise, estudié oratoria y comunicación. Hice cursos virtuales de construcción de historias, oralidad, comunicación verbal y no verbal.

Incluso cursos sobre humor y memes. Porque cuando nos reímos, aprendemos mejor. El humor bien usado baja la solemnidad, acerca, genera clima y habilita escucha. Por eso lo uso tanto en mis clases y ponencias. No quita seriedad, sino que suma humanidad.

Por lo primero, estudiar sobre construcción de historias me habilito a aprender a hacer un recorrido, aunque esté hablando de aminoácidos, calcio o ciclo vital.

  1. Humildad y honestidad académica, sin achicarse

Este punto fue clave para mí. Ser consciente de lo que sé y, sobre todo, de lo que no sé.
Esa honestidad es la base de mi forma de comunicar y de lo que sostengo cuando diserto. Humilde y honesta siempre, pero sin achicarme. Esto último también es fundamental, sobre todo ante públicos complejos o escenarios hostiles donde el rol de la nutrición se tiende a subestimar más aún siendo mujer.

La humildad no es invisibilizar el recorrido ni minimizar la formación, sino más bien es mi coherencia interna. Además, no podría ser juzgada por lo que no sé. Por ende también es autocuidado. Recomendación: “de lo que vayas a hablar, primero estudialo con profundidad”, me salió con rima y todo.

  1. Practicar, aunque no esté perfecto

Esperar a que salga perfecto es la mejor forma de no empezar nunca. Ese día no llega, de verdad eh!.
En el medio pasa algo mucho más valioso: el tiempo que podríamos estar usando para practicar. Ensayar, equivocarse, ajustar, volver a probar, es parte del camino. La práctica no es el paso previo al escenario, es parte del escenario.

Acá aplica la frase conocida: mejor hecho que perfecto.

  1. Entender que comunicar no es demostrar, es vincular

Durante mucho tiempo creí que disertar bien era “mostrar todo lo que sabía”. Con el tiempo entendí que comunicar no es un acto de demostración, sino de vínculo.
No se trata de impresionar, sino de generar comprensión. De leer al auditorio, registrar silencios, miradas, gestos, cansancio, interés. Ajustar el ritmo, el lenguaje y los ejemplos a quienes están del otro lado.
Una buena disertación no es la más cargada de dato, sino la que logra que algo quede, aunque sea una idea, una pregunta o una incomodidad.

¡Ojo! Los datos deben estar, más aún si se comunica ciencia. Sino estaríamos hablando de una charla motivacional autorreferencial y construida por anécdotas, que son válidas, pero no necesariamente útiles ni mucho menos pertinentes para un congreso o una clase universitaria, al menos desde mi punto de vista.

Ajustar el tono y el contenido al auditorio, sin renunciar a la esencia y recorrido personal es parte de todo esto.

  1. Preparar el cuerpo, no solo las diapositivas

Muchas veces ponemos toda la energía en el contenido y dejamos el cuerpo en piloto automático. Y el cuerpo también comunica.
La postura, el movimiento, nuestra respiración, las pausas y los silencios, sostienen lo que decimos. Con el tiempo aprendí que llegar con un margen de tiempo, aunque a veces expongo en x3 porque el tiempo brindado es corto de por sí. Pero moverme un poco antes de hablar, respirar profundo (hago unas cuantas respiraciones diafragmáticas antes de arrancar) y anclarme al espacio repitiéndome internamente alguna frase motivacional como “disfrutalo, va a salir todo muy bien”, cambia por completo la experiencia de exposición.
No es solo lo que decimos, es desde dónde lo decimos.

Y para terminar déjame decirte que disertar no es una habilidad innata, es un proceso. Y como todo proceso, se construye con formación, práctica, autoconocimiento y, sobre todo, con mucho respeto a quienes escuchan.

Sé que todavía tengo muchas cosas para seguir puliendo. Siempre aparece algo nuevo para trabajar y, sinceramente, celebro que así sea.
Para mí, lo más importante es poder comunicar desde la alegría que me da contar aquello para lo que tanto me formé. Que eso llegue al auditorio, resuene y se multiplique de mil maneras.
Ahí, siento, es donde la comunicación cobra verdadero sentido. Porque, si la información y mi experiencia no están a disposición, ¿para qué está?

Gracias por leer, te veo en comentarios o detrás de las lentejas.

TKM. Nutriló

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